"Soy un amante del silencio"


Entrevista a
Alfonso Arrivillaga por Gemma Gil del periódico Prensa Libre de Guatemala

Nació en Guatemala en 1959. Estudió Antropología en la Universidad de San Carlos de Guatemala, (Usac). Más tarde se especializó en etnomusicología en Venezuela y realizó estudios de posgrado en Madrid.


Desde 1981 es investigador del Centro de Estudios Folclóricos, actividad que ha compartido con la docencia en la Usac.


Ha participado en la edición de la serie de discos Encuentros de Músicos de la Tradición Popular y Tradicional de Guatemala y es autor de numerosas publicaciones.


Como consultor y asesor académico ha trabajado con el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo, el Banco Mundial y el Banco Interamericano de Desarrollo, entre otros.


Foto: Carlos Sebastián

Especializado en etnomusicología, Alfonso Arrivillaga lleva 25 años estudiando y grabando la memoria sonora de los pueblos guatemaltecos

Desde que empezó en la antropología quiso estudiar los grupos menos visibles para el resto de la sociedad. Quizá por eso, luego de terminar sus estudios en el Conservatorio, eligió entregarse al xul, una flauta hecha con caña de bambú y embocadura de cera negra de abeja.

Especializado en etnomusicología, es decir, en el estudio de las expresiones musicales y su relación con la cultura de los pueblos, Alfonso Arrivillaga disfruta y explora el sonido de los silbatos precolombinos y, siempre que puede, le gusta ir a los pueblos para compartir con los piteros la tradición viva.

Hace 25 años que este hombre afable, que se describe como anárquico —“Ni dios ni amo, pero cumpliendo”—, comenzó a grabar las expresiones musicales transmitidas de forma oral, de generación en generación. Sus archivos son la memoria sonora de Guatemala.


¿Cómo comenzó en esta profesión?

Siempre sentí el gusanito de la antropología, entendida como el conocimiento de la frontera, pero llegué a este campo por el arte, porque lo mío siempre ha sido la música. Cuando terminé mis estudios en la Universidad de San Carlos, como era egresado del Conservatorio, hice una maestría en etnomusicología en Venezuela.

¿Cómo empezó con el xul?

Aprendí en los 80, cuando empecé a investigar con los indígenas kaqchikeles en los pueblos de Sacatepéquez.

¿Cómo fue para un joven citadino esa experiencia?

Quería despojarme de lo que yo era para entender al otro, y me di cuenta de que compartíamos un lenguaje común, pero no universal, porque creo que la música es un lenguaje singular de cada pueblo. Empecé cargando el tambor; compartimos algunas borracheras que ayudaron a abrir espacios y luego empecé a tocar con ellos y, sobre todo, a grabar su música. La experiencia fue fantástica, porque ocurrió en un contexto en el que los jóvenes tocaban quena, zampoña, rondadores. Interesarse por el xul era casi como hacer un acto de fe. Aún hoy los chicos no se asoman a la chirimía o al pito, como mucho, se interesan por la marimba.

Lo dice como si no le gustara mucho la marimba

Sí me gusta, tiene una conexión africana y el estudio de las culturas caribeñas es otra de mis pasiones, pero nos debería dar pena que sea nuestro instrumento nacional y que los mejores festivales del mundo los tengan los chiapanecos.

¿Cómo se rastrea esa conexión africana?

Si comparas el balafón de tecomate de Burkina Faso con nuestra marimba no ves muchas diferencias. Sin duda hay una conexión africana, aunque no creo que se pueda hablar de origen, porque éste es un instrumento que se pierde en la memoria de la humanidad, por ejemplo, también existe en Asia. Probablemente, el balafón llegó a América con las primeras poblaciones negras coloniales y los indígenas, que eran pueblos muy musicales, lo hicieron suyo. De todos modos, los mayas también tenían el tun, que es un tambor de madera ahuecado y con una incisión en forma de H. Las baquetas funcionan con un principio parecido a la marimba.

Parece que no le convence la idea de que sea el instrumento nacional

Fue uno de los íconos elegidos por la burguesía criolla que a finales del siglo XIX buscaba definir la nación, pero a la juventud actual no le gusta. El cuatro, entre los venezolanos, es un instrumento nacional no por decreto, sino porque se toca. Me parece que el discurso sonoro de la marimba está estancado y es sorprendente, porque estamos ante un instrumento de percusión y, por tanto, muy versátil.

Sin lugar a dudas, los jóvenes prefieren el reggaetón

Aquí influyen los medios de comunicación, que son un arma masiva que uniforma, pero también hay una explicación sociológica: estas expresiones musicales nos llevan a un universo de tribus urbanas. No digo que el reggaetón no sea válido; pero debería haber otras opciones, porque la música es el desarrollo cognoscitivo de los pueblos.

¿Hasta qué punto la música habla de la idiosincrasia de los pueblos?

La música representa las significaciones de los pueblos y tiene un fuerte contenido espiritual. Ayuda al desarrollo, porque es cognoscitiva, es el lóbulo parietal derecho, desarrolla habilidades psicomotrices...

¿Y qué nos enseña de Guatemala?

Que es múltiple y variada. Predomina la construcción sonora occidental, pero ahí está lo ladino, lo garífuna y lo indígena, que implica a muchos grupos. La música indígena es muy libre e invitadora. Hay música para el nacimiento, para la vida, para la recreación, para la muerte, para las ánimas, y no sólo instrumental, los mayas también cantan. Ahí están las cantilaciones de las mujeres mayas cuando tortean, los arrullos con que duermen a los niños, las hermosas polifonías que se cantan durante la siembra. No olvidemos que cuando llegaron los conquistadores quedaron maravillados con las cualidades musicales de los indígenas.

¿Qué le ha enseñado esa música indígena?

La espiritualidad. En el mundo indígena, la chirimía y la marimba son música, pero el xul es palabra, es oración, es lenguaje, es comunicación, sobre todo con la lluvia y los truenos. Es todo un universo... ¡aunque resulta más interesante oírlo que explicarlo!

Supongo que muchas de esas melodías estarán en sus grabaciones

Tenemos 350 horas de música grabadas en todo el país durante los últimos 25 años. Ahora están en una caja fuerte, porque es un archivo que ha sufrido bastante: por ejemplo, en 1985, cuando el Ejército entró en la Universidad (San Carlos), lo tuvimos que sacar en bolsas de basura. Para mí, ese archivo es la memoria histórica del país. Ahí está Río Negro. Nadie se imaginó que cuando grabamos su música se convertiría en el último legado de esa comunidad.

Cuando llega a casa ¿qué escucha?

Soy un amante del silencio.

¿Hasta qué punto podemos saber cómo era la música que escuchaba la antigua civilización maya?

Al estudiar el fenómeno melódico encontramos formas que no son europeas, ni árabes ni africanas y que, por descarte, podrían ser de carácter precolombino. Yo experimento con instrumentos musicales mayas, lo que nos acerca a su mundo sonoro, pero no podemos saber bajo qué ritmos o principios armónicos se estructuró su música. La arqueomusicología tiene mucho qué decir en este país, porque la música tuvo que ocupar un lugar central.

¿Cuáles fueron sus instrumentos?

Hay 23 formas de producción acústica sólo en pitos y flautas. Las evidencias, los murales y los vasos policromados presentan diversos tipos de trompetas de madera o de caracol marino, tambores hechos de cerámica o de madera ahuecada, muñequeras y tobilleras de conchas para los bailes, sonajas. Yo diría que hay un universo de artefactos sonoros muy atractivo.

Por todo lo que me está contando, parece que sería más coherente que el instrumento nacional fuera el pito

Para mí, sí (risas).

Parte de su trabajo está recogido en Casa Laruduna, ¿qué es exactamente este proyecto?

No me gusta ponerle siempre Alfonso Arrivillaga a lo que estoy haciendo. Es demasiado ególatra. Casa Laruduna tiene 20 años y nace para poner un nombre al trabajo que realizo junto a mi esposa, que es historiadora. Para mí, la antropología es un proyecto como familia. Laruduna no es ONG, ni una fundación, sino nuestras vidas.

Es un espacio donde compartimos, donde hay colecciones de fotos y archivos de artículos, libros, documentos que hemos ido recuperando en el campo. El nombre es el de un lugar de Livingston y quiere decir “a la orilla del mar”. Elegimos llamarlo así porque nos parecía que resumía el concepto de cualquier civilización. El hombre siempre ha buscado asentarse cerca del agua.

En 25 años de carrera ha tenido ocasión de hacer mucho trabajo de campo, ¿qué experiencia recuerda de manera especial?

Guatemala tiene un gran peso de k’iche’s, kaqchikeles, mames y q’eqchi’es, que son las grandes mayorías, pero ahí me volvió a pasar lo de la antropología de la frontera. Siempre me ha interesado trabajar con grupos menos visibles. Probablemente, una de las experiencias más inolvidables la viví con el gran grupo q’anjob’al. Fue muy especial lo que compartí con los jacaltekos. Mi mujer y yo seguimos muy de cerca su experiencia como refugiados y fue impactante ver cómo esta gente, tocada por la violencia, estaba deseando grabar y registrar su música. Era una manera de decir: aquí hay una tradición milenaria. También guardo gratos recuerdos de la convivencia con los q’eqchi’es de las tierras bajas y de mis hermanos garífunas.

La cultura de este último grupo es una de sus pasiones ¿Cómo ha sido su trabajo en el Caribe?

Más que un investigador, trato de ser un intelectual orgánico al servicio del pueblo. Tengo la suerte de estar transmitiendo a las generaciones de hoy lo que aprendí de sus abuelos.

¿Qué ignora la sociedad guatemalteca del mundo garífuna?

Que son indios. Los ven negros y los piensan africanos, pero tienen una tradición amerindia. Tienen un origen, una historia y una lengua americana. La sociedad los ignora y los reduce a baile y sexo, pero es un pueblo grandioso cuya resistencia es única en la historia de la humanidad.

¿Tiene los lentes de antropólogo puestos las 24 horas?

Sí, porque es un proyecto de vida. Este es un país apasionante para la ciencia social.